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Fuegos de diciembre

Este cuento pertenece al trabajo final de la cátedra Periodismo y Literatura. Quien lo lea, rápidamente podrá reconocer la temática del mismo

FUEGOS DE DICIEMBRE 

Álvaro sabía que esa misma noche además de tener que ir al cumpleaños de su prima Natalia, tocaba Callejeros. Y sospechaba que no era un recital más: la banda presentaba su último disco coronándose así como el grupo revelación del año y él no se lo podía perder.Desde el momento en que el anuncio por radio indicó el día y el lugar en dónde la banda de Villa Celina daría el show, no dejó de pensar en un sólo momento en el mismo.
La semana previa al recital transcurrió en paz; Álvaro se dedicó a cumplir con sus obligaciones laborales y universitarias en la carrera de Bellas Artes. De vez en cuando, para alimentar sus ilusiones callejeras, constataba que su pasaporte para una noche llena de rock & roll barrial estuviera allí donde él lo había dejado, debajo de la estatuita de hierro que se encargaba de impedir que su entrada se volara, se rompiera o se perdiera.

Como una mano que estrangula, ese jueves el calor se había apoderado de la ciudad. Álvaro salió de la facultad a la misma hora de siempre y se dirigió directo hacia la parada del 129. El trayecto del colectivo fue normal; con las mismas demoras de siempre. Cuando bajó tuvo que caminar 4 cuadras para llegar a su hogar. En ese corto recorrido que hacia de manera habitual y casi por inercia, unos graffitis pintados en la pared le llamaron la atención más de lo usual, uno decía: “Moriremos frente al mar, no se puedo construir todo el sueño sin soñarlo”, y el otro:” Lo único que quería la vida era terminar con vos”. Hacia tiempo que éstos estaban pintados en esa pared, pero esa tarde aquellas frases movilizaron algo en Álvaro que no le había sucedido desde que comenzó a recorrer dichas calles para regresar al hogar. Se sintió raro, con ciertas sensaciones de desconcierto al entender que aludían a la vida, y en particular a la muerte.

Llegó alrededor de las 20.30 a su casa, saludó a sus padres, entró en su habitación para dejar sus cosas ahí, y por última vez se fijó si su entrada seguía debajo de los pies del señorcito de hierro. Se cambió de ropa, se puso unos jeans gastados, una remera cuya inscripción decía: “No, no da refugio el cielo, en una noche como hoy, de fuego, vaga tu alma en celo, en su trampa el cazador, sereno va estar esperándote”, se calzó sus zapatillas y guardó su querido y valioso ticket en el bolsillo trasero de su pantalón.

Ya en familia, reunidos por el cumpleaños de Natalia, Álvaro hablaba con sus primos mientras comía algo, y notaba que la ansiedad lo superaba: cada dos minutos desviaba la mirada hacia el reloj esperando que llegara la hora de decir adiós a todos y salir rumbo a la fiesta callejera. Pero el festejo familiar parecía querer retenerlo, la cena se venía retrasando, la agasajada estaba demorada por el tráfico y los invitados no terminaban de llegar. La inquietud crecía en el espíritu de Álvaro al pensar que iba a llegar una vez empezado el recital y que probablemente no formaría parte de la fiesta previa al show, donde el público baila y canta arengando a la banda antes de que ésta comience a tocar.

Cerca de las 22 horas llegó la cumpleañera, todos salieron a recibirla, y entre saludos y comentarios la mente de Álvaro ya volaba hacia otra parte, a sólo quince cuadras de la casa de su tía, a sólo quince cuadras de República Cromañon. Pensaba en su propia banda, el grupo de amigos con los que había quedado en encontrarse en el quiosco de la esquina para tomar algo antes de entrar. Miraba su reloj con impaciencia, las agujas marcaban 22.45, especulaba que seguramente a esa hora sus amigos ya debían de estar adentro, bailando o simplemente esperando ansiosos a que las luces del escenario se apaguen, signo de que está por empezar el show. Se sentía raro, como formando parte de una dialéctica de la cual no sabía cómo escapar: por un lado deseaba estar ya en el recital, y por el otro no podía irse tan rápido del cumpleaños de su prima. Algo en su interior se lo impedía.

Cuando el reloj marcó las 23.30 decidió irse, no muy convencido saludó y salió a la calle. Tomó un taxi que lo dejó a 3 cuadras del lugar, camino rápido y, sintiendo que su corazón se aceleraba, escuchó unas sirenas y comenzó a notar algunos movimientos extraños para un recital de rock. Al llegar a la esquina donde estaba el quiosco elegido para el encuentro sólo se oían gritos y llantos desesperados, el aire estaba enviciado de humo. Los ojos incrédulos de Álvaro registraban corridas de chicos que huían del local en búsqueda de aire puro, luchando por salvar sus vidas, otros entraban y salían cargando personas y tirándolas en la calle o haciéndoles respiración boca a boca, mientras otros tantos desesperados pedían auxilio, ambulancias, médicos.

En menos de cinco minutos la calle se convirtió en un depósito de chicos y chicas desmayados, ahogados y muertos. Sin capacidad para reaccionar, Álvaro no lograba comprender lo que estaba sucediendo o, mejor dicho, lo que había sucedido allí dentro. No encontraba respuesta, no sabía qué hacer, hasta que decidió buscar entre la muchedumbre a sus amigos. Corrió esquivando cuerpos tirados sobre el piso, ambulancias que llegaban al lugar y otras que se iban a toda velocidad por la calle Bartolomé Mitre. Entre los alaridos y exclamaciones, escuchó su nombre, alguien parecía haberlo localizado entre la multitud. Levantó la cabeza y con la vista ubicó a sus amigos y corrió en su dirección; ellos estaban sentados en el cordón de la vereda intentando recuperar el aire. Habían logrado escapar porque estaban cerca de la puerta de ingreso. Pero alguien faltaba en el grupo, y ese alguien era Agustín. Aún sin comprender lo ocurrido y escuchando las diversas y confusas versiones de sus amigos, Álvaro notó la ausencia de Agustín y salió corriendo sin decirles nada a los otros.

En silencio, buscó su rostro, su figura, pero fue en vano. Antes de alcanzar a ver a su amigo muerto, reconoció su remera que decía:”Doy la vida por Callejeros”. Una inscripción banal que ahora se le revelaba trágica. En ese instante, de rodillas frente Agustín volvieron las mismas sensaciones que Álvaro había experimento hacia unas horas. Atormentado, lloro desconsoladamente.

Lucía Hidalgo, 2007.-

1 comment Marzo 10, 2008


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